sábado, 9 de diciembre de 2017

Vivir la anarquía, vivir la utopía. José Peirats y la historia del anarcosindicalismo español

Chris Ealham, historiador inglés y especialista en la historia del anarquismo español y la cultura obrera, así como sus conflictos y protestas, publicó en 2016 una apasionante biografía de un militante de base de la CNT anarcosindicalista, José Peirats, cuya vida recorrió todas las tragedias colectivas del siglo XX, especialmente la Guerra Civil, el amargo exilio, la muerte de Franco y el retorno a un país ya muy distinto al que pisaron antes del desastre bélico, y en el que muchos ya no se reconocían.

Su infancia de penurias, dulcificada por unos padres comprensivos y abiertos de mente para la época y el apoyo mutuo del vecindario, la muerte de varios hermanos a temprana edad, la marcha de un pueblo castellonense a Barcelona, ciudad en la que descubre a la CNT y sus durísimas luchas, organización a la que se dedicaría en cuerpo y alma casi toda su vida- a veces madre y otras madrastra de sus propios componentes-, recorre el texto.

A través del estudio biográfico nos sumergimos de lleno en la durísima vida de un trabajador manual y obrero desde muy corta edad, por la necesidad de ganarse la vida y ayudar a su familia fuera como fuera. Vemos la influencia que sobre él ejercieron dos tíos, uno socialista y otro libertario; también se nos cuenta como bordeó la delincuencia, pudiendo haberse convertido en un delincuente más hasta que topo con el famoso sindicato libertario y varios militantes que le abrieron definitivamente los ojos, apartándole del camino habitual de la taberna, las peleas y las visitas a burdeles para convertirle en alguien apasionado por la cultura, por la formación, un ladrillero autodidacta, como cientos de miles en toda España que lucharon contra la ignorancia y el analfabetismo a base de enormes esfuerzos.



En Peirats se une pensamiento y acción: del piquete y las armas cuando era necesario, a animador de grupos teatrales y culturales tanto en las Juventudes Libertarias como en la FAI y la CNT. Asistimos a los debates y divisiones internas que siempre aquejaron al movimiento libertario, a su visión crítica y rebelde, que le llevo a rechazar desde el aventurerismo insurreccionalista del mitificado Durruti y compañía, los famosos Solidarios, con aquellos levantamientos armados contra la República denominados por García Oliver gimnasia revolucionaria-luego convertidos de la noche a la mañana en defensores del frentepopulismo-,  a la entrada de la CNT en el Gobierno, oponiéndose a lo que él consideraba una traición a los principios.

Sale a la luz su profundo humanismo, que le hizo oponerse a los "paseos" y crímenes de la retaguardia y su alistamiento en el ejército, asqueado del clima de retaguardia. Tras la derrota, el largo invierno del exilio, donde continuó su enfrentamiento con la famosa Federica Montseny y su marido, Esgleas, convertidos en sátapras que no daban cuenta de lo que hacían con el dinero de la Organización y se embarcaron en una carrera de expulsiones y descalificaciones de cualquier discrepante.

Y finalmente un retorno al país donde no logró ver cumplido su sueño de un renacimiento de su querida organización, aunque ésta le había expulsado de las filas tiempo atrás. La CNT nunca revivió, volvió a ser presa de las divisiones y jamás ha llegado a ser ni sombra de lo que fue, degenerándose sus restos hasta llegar a algo que hubiera hecho estallar a Peirats, muy anticatalanista, de indignación: su paso con armas y bagajes al famoso  Process catalán, como hemos podido asistir con estupefacción hace muy poco tiempo.

El autor también menciona algunos de sus defectos, como una profunda homofobia, marca de los tiempos que vivió y que nunca logró superar, así como un rechazo final, tras un breve interés, a ideas de la llamada nueva izquierda, que pretendía, entre otras cosas, renovar el anarquismo y el marxismo, uniendo lo mejor de ambos o poner en el tapete ideas como el consejismo, entre otras como la liberación sexual. 

Con el ejemplo de Peirats Chris Ealham retrata a toda una generación que se embarcó en la ilusión de cambiar la sociedad, que luchó en condiciones adversas, que prestó gran atención a la cultura, a la autoformación, como proceso de liberación individual y social. Una o unas generaciones con sus luces y sombras, pero superior a la nuestra en algo esencial: no se dejó atrapar por los cantos de sirena del consumismo, la acumulación de bienes y propiedades, el mero sueño de mejora económica personal y lo más importante, no abrazó la fe en un Amo, en un Partido Redentor; es decir no fue alcanzada por toda esa mentalidad de clase media o burguesa que ascendió y triunfó en nuestro país, y causa de que no fuera ni sea posible, hoy, pensar en un sindicalismo revolucionario como opción de futuro.

Y esa ha sido la derrota póstuma de Peirats y los suyos- y la nuestra, la de los eternos dominados o, mejor dicho, los conscientes de serlo-, la tristeza de ver que nada de su mundo, lo más positivo y necesario para el presente, ha quedado en pie.

domingo, 26 de noviembre de 2017

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Reflexiones sobre la fragmentación del pensamiento moderno y el virus populista

Una de las ideas más de moda del pensamiento contemporáneo y, por tanto, muy rápidamente absorbida por el sistema, es la ecologista, nacida en los sesenta, fundamentalmente, aunque como siempre puede encontrar inspiración en algunos pensadores y corrientes del pasado, como el naturismo y agrarismo libertario ibérico e intelectuales en los que puede detectarse un llamamiento a una vida campesina, cercana a la Naturaleza e incluso practicando y defendiendo el vegetarianismo, entre ellos Tolstoi, por ejemplo.

La idea ecologista, de preocupación por el ecosistema, de lucha por evitar su degradación, me parece importante, por supuesto, un aspecto a tener en consideración. El problema, tal como yo lo veo, no es ese, sino si la preocupación ecológica debe ser el centro, o los cimientos de la casa, por expresarlo de alguna manera, o el tejado del edificio.

La respuesta para mí es clara: sólo rehumanizando la sociedad, combatiendo por su transformación revolucionaria desde una visión humanista y libertaria, partiendo de unos cimientos diferentes, cabe una postura ecológica consecuente.

Vivimos un Régimen, no el del 78 como dicen algunos, sino la Modernidad productivista, estatal y capitalista, donde un grupo de hombres y mujeres, éstas  en número creciente-de ahí el impulso al feminismo de Estado como nueva religión progresista , cuyo fin es romper la unión entre hombres y mujeres, haciendo creer que la libertad y la emancipación consiste en colorear la explotación y la opresión de morado y arcoiris, en vez de combatirla todos a una-, dominan a otros, y, de paso, a la Naturaleza.

La demolición inicial, aunque poco visible, es sobre el ecosistema humano, sobre el interior de los individuos, de la sociedad civil, logrando haber casi derrotado y liquidado a uno y a otra, a individuo y comunidad, convirtiéndonos prácticamente en máquinas sin alma, seguidoras de las órdenes y a la búsqueda de los paraísos artificiales vendidos por los medios de adoctrinamiento, especialmente la televisión.

Esto tiene un claro reflejo en el pensamiento etiquetado radical actual, o de los últimos decenios, si se prefiere. Sus propuestas no pasan de defender cosas como el desarrollo sostenible, la reforma de las ley electoral, el decrecimiento, en general, sin ir unido a una opción abiertamente revolucionaria, convertido éste, de manera creciente, en una moda burguesa como prácticamente la totalidad del ecologismo, la renta básica como medida que puede prolongarse indefinidamente,independientemente de las crisis futuras del capital, la búsqueda populista de un partido y un Mesías Redentor, el último Pablo Iglesias, un milagroso reparto de riqueza de una patronal y un grupo gobernante convertidos de manera mágica en bienhechores de la humanidad...

El individuo consciente, la comunidad dotada de conciencia solidaria y combativa, ha desaparecido casi totalmente. Su lugar lo hemos ocupado unas masas o populacho, mejor dicho, ensimismados y entusiasmados con sus cachivaches tecnológicos-yo mismo los uso y me incluyo en el saco-, laicas multitudes creyente en una Religión fundamental, la del Progreso Infinito por los siglos de los siglos, que piensa, olvidando la historia y la propia Naturaleza donde todo colapsa y muere, para renacer de otra manera, que el futuro será esplendoroso; rozaremos la inmortalidad, desaparecerá la injusticia, las enfermedades, el hambre...todo gracias al continuo avance de las tecnologías.

El sueño es que basta con poner el cazo, protestar de tarde en tarde y sanseacabó. Las viejas ideas, las de un Marx, un Proudhon o un Bakunin, que tenían sus límites, sus defectos, pero que, con todo, comparadas con las actuales, eran más realistas, porque se basaban, sobre todo los dos últimos, en que no hay avance sin esfuerzo, sin arrancar a las clases dirigentes cosas, hasta llegar a conquistar los medios de producción en dura lucha-el fallo sería no ver que la producción fabril en masa, el ritmo de trabajo que ello conlleva, las máquinas y las tecnologías que escapan al entendimiento de la mayoría de las personas no es liberador, sino que haría resurgir fácilmente una nueva clase dirigente-, han sido prácticamente abandonadas.



Han sido sustituidas por una multiplicidad de reclamaciones que han ocupado la centralidad que antes tuvo la idea de superar el Estado nación y el capitalismo. Ideas sin garras, inofensivas para las autoridades inteligentes, sólo peligrosas para las viejas y poco lúcidas teocracias islámicas que por desgracia aún subsisten por el mundo: reclamaciones raciales, sexuales o de género, religiosas, ecológicas, de edad, nacionalistas, linguísticas, culturales, o, mejor dicho culturalistas-la cultura, la lengua, como armas de división, de enfrentamiento entre comunidades-, e incluso el territorio, como sostiene un libertario lúcido y crítico con el nacionalismo como Amorós, cuya propuesta de sustitución de la conciencia de clase por la de Defensa del Territorio no pasa de ser una forma de esencialismo prácticamente a medio paso de los esquemas nacionalistas.

La decadencia y la práctica desaparición de la vieja clase obrera y campesina, y por tanto la casi extinción de una conciencia de clase real, más allá de alguna declaración retórica en fechas oportunas; la no sustitución de esa conciencia por otro tipo de conciencia comunitaria de lucha y emancipación, y el triunfo de una mentalidad de clase media, de consumidor compulsivo, cuyo sueño consistía o consiste meramente en ascender en la escala social, en acumular dinero, objetos y propiedades-aún está cercano el tiempo donde estaba de moda tener dos vivienda, casa y chalet, llegando a mirar por encima del hombro a quien no lo tenía, sin distinciones ideológicas, moda típica de la burguesía bienpensante, aquella que se tiraba los pedos más altos que el culo con tal de aparentar-, ha causado un daño tremendo, que aún arrastramos, sin que, siendo honestos, se perciba un cambio en el horizonte.

El pensamiento se ha fragmentado, como un espejo roto por un balonazo, en miles de pedazos, perdiéndose una visión global, ausente por tanto de ello una visión holística revolucionaria. Visión holística que conllevaría ver claramente que no hay ecologismo dentro de una economía productivista, desarrollista, que no hay desarrollo sostenible ni capitalismo verde posible, pues para el capitalismo todo debe ser crecientemente mercantilizado, aplastado, convertido en mercancía, de personas a bosques, mares, ríos...

¿Ecologismo o humanismo libertario?. Humanismo libertario primero, única forma de lograr una sociedad, una comunidad, que integre la ecología, que no destruya el medio ambiente y, de paso, que nos libere del virus populista, virus que se expande ante la inexistencia de esa conciencia comunitaria y solidaria, llámese como se llame, que hace que ante la atomización, la insolidaridad y el sálvese quien puede se recurra al sueño de un Salvador, un Caudillo, que si lograse el poder convertiría el sueño en pesadilla.

domingo, 19 de noviembre de 2017

La librería

Hermosos paisajes, sensibilidad, emociones, retrato social de una época, de un microcosmos, el de un pueblo de gentes amables, pero sometidos al dominio de una aristócrata, con algunas excepciones de poderosas personalidades, aquellas que habitan los dos extremos de la vida: la infancia que abre los ojos con asombro, mezcla de atracción y miedo al mundo y la vejez que los cierra lentamente con desapego, que se resisten a sumarse al clima de servilismo y cotilleo.

La última película de Isabel Coixet gira en torno a los libros, en torno a una mujer valiente de fines de los años cincuenta en Inglaterra que se lanza a una actividad arriesgada. Poner una librería en un pequeño pueblo tan aislado como bello y melancólico.

Y melancolía es lo que desprende La librería, melancolía de una pérdida, de un corazón solitario que se acompaña de los mejores amigos, aquellos que no te abandonan, que te cuentan historias en silencio, que te hacen sentir, pensar, llorar, reír, indignarte, rebelarte en el fondo de tu alma, que, cierto, a veces decepcionan.



Esos amigos que a veces desprenden un profundo y agradable aroma que te hace trasladarte a otra época, época escondida en la semioscuridad de las esquinas de los recuerdos, que como un fogonazo te asaltan en un instante, trayendo rostros, imágenes, sombras y luces de algo marchito que, como las hojas amarillentas y descoloridas, como una persona que ya roza la muerte con la punta de sus dedos,  se resiste a perecer, a disolverse en una total oscuridad, reclamando su existencia, en un movimiento furioso de última rebeldía.

Los libros, que habitan sus ciudades, las estanterías, llamándote por su nombre, reclamando una mirada, una caricia, un gesto de ternura. De eso y de las personas, de las buenas y de las malas, de las que expanden la injusticia y los que se pliegan ante ella, y de quienes la combaten, trata la película.

Una película con sabor a libro de poesía, que si chirría en algo es por su excesivo maniqueísmo, malos muy malos y buenos muy buenos, sin aristas, sin las complejidades y claroscuros que se adhieren a la vida de todo individuo, y que sólo tras largo periplo, tras caídas y recaídas, se inclina como una flor hacia un lado y otro, mas nunca , o casi nunca, de manera absoluta, siempre inestable, hasta morir y volver al origen, la tierra cálida y acogedora.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Reflexiones sobre la espiritualidad,la Modernidad productivista y tecnoburocrática y la transformación revolucionaria

Se ha cumplido el centenario de la Revolución Rusa, uno de los muchos acontecimientos trágicos que marcó el siglo XX, un siglo lleno de furia, fuego y destrucción; aniquilador de vidas humanas entregadas al Moloch devorador de los Estados y sus diversas ideologías justificativas.

Junto con el fracaso de esa revolución y sus derivadas en distintas zonas del mundo, quedó sepultado, de manera en parte comprensible, el pensamiento emancipador, la idea de revolución, de transformación radical de nuestras vidas, ante el temor de que cualquier paso en ese sentido pudiera acabar como Rusia, o Cuba, por ejemplo.

Lógicamente las explicaciones sobre el fracaso de esas revoluciones, y su rapidísima degeneración en formas despóticas de autoridad, son muy variadas, pero a mí me gustaría tocar un aspecto, o varios, que no se suelen mencionar, y es su derrota-derrota para los oprimidos, claro, y éxito para los nuevos gobernantes y su séquito de aliados intelectuales del mundo entero, aunque éxito breve- por su visión puramente materialista, negadora de cualquier sentido espiritual o profundo de la existencia, y sus esquemas modernistas, en el peor sentido de la palabra, el de la Modernidad productivista, del desarrollo de las fuerzas productivas como mecanismo de liberación.

Tras una infancia marcada por un ateísmo clásico, aunque como muchos ateos en el fondo siempre interrogándome sobre Dios, sobre la existencia o no de algo trascendente, las reflexiones personales y el paso de los años me han hecho llegar a una conclusión-quizás equivocada, no digo que no- basada en la imposibilidad de una transformación revolucionaria en positivo sin un fuerte componente espiritual en los individuos que quieren el cambio social.

Entiéndase que hablo de espiritualidad, no de religión-ni de espiritualismo a la moda New Age y otras moderneces basadas en la relajación personal u otras cosas inofensivas que engordan la cuenta corriente de algunos grupos o escritores-, entendida esa espiritualidad  como la visión de que todos formamos parte de una trama cósmica, que todos estamos entrelazados, de objetos a seres vivos, de mayor o menor consciencia, de que los demás son reflejo de uno mismo. De que el Todo y lo Singular son lo mismo.



Una consciencia de este tipo en los descontentos, en los núcleos de subversivos que quedan aquí y allá, aunque en pequeño número, con independencia de que a esa trama la llamen Dios, lo dejen en la interrogación o no lo llamen de ninguna manera y lo consideren algo espontáneo y natural, sin más, debiera constituir el núcleo de un futuro movimiento o fuerza revolucionaria futura.

¿Por qué lo veo así?. Porque para mí esa es la idea básica necesaria para romper en mil pedazos la Modernidad productivista y tecnoburocrática, aquella basada desde las revoluciones burguesas hasta las falsamente llamadas proletarias y campesinas-aunque indudablemente atrajeron a sectores obreros a ellas- en el desarrollo de las fuerzas productivas y en el ascenso de una nueva clase dirigente, la llamada  tecnoburocracia, que algunos definen actualizando el concepto como la jerarquía internacional de los propietarios del conocimiento, cada vez más y más separado de la sociedad.

Esa modernidad caracterizada por la expansión de los poderes estatales, pero también en coalición con los del capital, pese a la visión equivocada e infantil de numerosos izquierdistas, que imaginan que ambos poderes están enfrentados, y que el estado, usando un lenguaje coloquial, sería el poli bueno, la fuerza a utilizar para la "emancipación". Pues otra de las características de los habitantes de la Modernidad técnica y tecnolátrica es huir de la realidad, no enfrentarse a ella y verla de frente, no admitir que estamos solos ante las autoridades de los estados y el capital, que ninguno de ellos quiere nuestra liberación, sino la expansión hasta el infinito de sus dominios, usando la tecnología como instrumento de aislamiento, para que no logremos nunca encontrarnos en el mundo físico, en el tú a tú real, no virtual, haciendo ya casi imposible la lucha revolucionaria, la conciencia revolucionaria nueva necesaria.

Viendo en cada humano un reflejo nuestro, la tendencia a usarnos mutuamente como objetos, como mercancías a las que controlar, usar  y tirar y dominar de mil manera, se vería debilitada, pudiéndose abrir entonces sí, un camino a una nueva civilización, una nueva civilización de seres consciente cada vez en grado máximo, donde cabría un cambio revolucionario en libertad, brotando de un interior libre, transmitido el nuevo ideal de pecho y pecho, sin coacción,al contrario que en esas temibles revoluciones del siglo XX, impuestas bajo el terror y la fuerza bruta-con alguna excepción, como la húngara de 1956, por ejemplo-.

Esa nueva civilización, con esa nueva espiritualidad, uniría lo ahora separado, lo local y lo universal, lo individual y lo colectivo, la propiedad privada y la propiedad comunal, en un equilibrio de aparentes contrarios, que no son tales, ya que los hombres y mujeres necesitamos tanto espacios propios e individuales en los que poder aislarnos totalmente del resto, en silencio, como espacios colectivos en los que encontrarnos para tomar decisiones; disponer de una propiedad personal entendida como reflejo y extensión de uno, y otra comunal que permita sobrevivir y favorecer la armonía, la solidaridad real y la libertad como no dominación.

Quienes aún piensen en revolucionario, quienes se nieguen a abrazar el desierto en expansión de la Modernidad, ese desierto que abrasa y arrasa de vida el interior individual y las relaciones interpersonales, sustituyéndolo por el miedo, el lucro, y la voluntad de poder y servidumbre voluntaria, deben tomar nota de los fracasos terribles de revoluciones pasadas, y caminar por otro sendero.


sábado, 14 de octubre de 2017

Reflexiones sobre el nacionalismo, el derecho a decidir y la identidad de los oprimidos

Me he resistido un tiempo a escribir sobre lo de Cataluña por ser un tema muy repetitivo, con el que llevan martilleándonos durante semanas, y lo que queda.

Pero tengo que reconocer la sensación de cierta amargura e impotencia que me causa  el ver a cientos de miles de ciudadanos manifestarse con banderas al viento como en tiempos pasados nefastos, al dictado de autoridades, olvidando los problemas esenciales y, aunque la palabra no me guste, quiénes son nuestro verdaderos enemigos, que por tópico que suene siempre han sido, son y serán: el Capital y la máquina estatal o el principio de autoridad, aunque hay evidentemente más fuerzas e instituciones al servicio de los dominadores, o que éstos usan a su servicio: desde la escuela a los medios de propaganda y adoctrinamiento.

El golpe ha sido doble por el apoyo, cínico e hipócrita, de sectores del movimiento obrero a la movilización identitaria o  nacionalista, especialmente significativo en el caso de los restos del anarcosindicalismo, un pequeño sector que hacía bandera del internacionalismo y la autonomía sindical y que, con tal actitud, ha cavado su tumba definitiva. 

Hipócrita porque ha usado un argumento espúreo como sumarse al llamamiento de la antigua CIU y sus socios, sosteniendo que, al haber mucha gente en las calles, podrían llevar la protesta a otros terrenos. Argumento, como digo, totalmente farisaico, pues :¿por qué no hacerlo también en las manifestaciones multitudinarias a favor del otro nacionalismo?.

Abandonemos, de todas formas, este pequeño apunte sobre un movimiento marginal, sin peso ni influencia real, pero hacia el que reconozco que me sentía cercano en ciertos principios, para ir al meollo de la cuestión.

Y el meollo es la fuerza arrolladora del nacionalismo, cómo no sólo es superior a otras ideas que intentaron hacerle sombra, como el socialismo en sus dos vertientes, marxista y libertaria, si no que se puede decir que en parte ha logrado absorberlos, cosa que se puso de manifiesto ya en fecha tan temprana como 1914, donde casi todos, con honrosas excepciones, acabaron haciendo el juego a sus Estados y sus ejércitos.

El porqué de las fuerza de los nacionalismos y los patriotismos realmente existentes, cómo millones de personas se dejan seducir y arrastrar por sus llamados, por sus banderas, dejando de lado los problemas reales y diarios, como la explotación, el paro o el miedo al paro, el empobrecimiento, la vida de esclavos que arrastramos, es un fenómeno que debería analizarse con detenimiento, muy a fondo.

Y ese fondo es para mí la necesidad más o menos consciente que sentimos todos los individuos, nos guste o no reconocerlo, de formar parte de un grupo, de sentir que tenemos una identidad, unas raíces, un colectivo en el que apoyarnos.

Ese espíritu identitario ha logrado conquistarlo, de manera casi absoluta, el sentimiento nacional.

Tenemos relativamente cercanos en el tiempo otros intentos de crear un sentido de identidad diferente, basado en la clase fundamentalmente, pero justo es reconocer que es un intento fracasado, por debajo incluso del sentimiento de unidad religiosa, que ya no en Occidente, pero en parte del mundo, especialmente el Islámico, sigue teniendo un enorme peso.

La lengua ,el sentimiento de pertenencia a una tierra, una historia, una tradición, por supuesto que manipulado, convenientemente engordado, y usado con fines de dominio y enfrentamiento, ha ganado, de momento, la partida.

Con el reciente movimiento nacionalista catalán y la reacción de la otra clase dirigente, la nacionalista española, se ha puesto de manifiesto lo positivo que es para quienes nos gobiernan y explotan impulsar esos sentimientos. Calles y casas engalanadas de banderas ocultan como una niebla espesa y oscura la verdadera realidad de nuestras vidas, y facilitan a los dirigentes la tarea de continuar engañándonos.

Este sentimiento nacionalista ha ganado fuerza apoyándose en el derecho a decidir. Expresión de moda, numerosas personas de la Modernidad pseudodemocrática son ganados por esta doble falacia, doble falacia a ojos de quienes nos sentimos parte o cercanos del pensamiento subversivo de la autogestión o la autonomía.

Y es que el voto, ese famoso derecho a decidir de la llamada ciudadanía, esas masas desclasadas de mentalidad de clase media que se sienten individuos y enormemente superiores a los sujetos del pasado, pero que en realidad están-estamos- casi totalmente sometidos, y por tanto carentes de verdadera individualidad, siendo todos copias o cuasi robots, como quieren los que mandan, a la hora de pensar-pese a la ficción de las modas o los diferentes ropajes multicoloridos que usamos, o la multitud de partidos que pululan por los colegios electorales, también con ropajes de coloridos diversos- no es más que el derecho a ser gobernados.

Es decir, a ser dominados, expoliados, robados, adoctrinados, explotados, triturados, liquidados,  usados como muñecos rotos por unos u otros, o lanzados como las hojas otoñales por una patada o un escobazo a una esquina por estorbar el paso.



En el derecho al voto, en el llamado derecho a decidir, siempre dentro de los límites que marcan los sistema de dominación,se agota nuestra rebeldía de esclavos asalariados o parados de la Modernidad.

Conviene sin embargo, para ser justos, y no cargar las tintas sólo sobre el nacionalismo, analizar de manera crítica ese intento de elevar la clase obrera a categoría sustituta de lo identitario en su sentido territorial, linguístico. 

¿Por qué ha sido un fracaso?. El argumento típico es porque ha sido ganada por la mentalidad y el sueño de ser clase media, de sumarse a la rueda del consumismo, de buscar meramente la ganancia material, el enriquecimiento, la persecución del oro, de los lujos.

Esto es parcialmente cierto, pero sólo parcialmente. Primero, no debemos condenar el que la gente quiera vivir con más comodidades, un poco más desahogada. Pero, sobre todo, habría que reflexionar sobre algo que no hacen los llamados teóricos obreristas, y es la realidad laboral de la mitificada- en general, cierto, para regirla y gobernar en su nombre-, clase obrera, o proletariado industrial.

Si bien es cierto que si hablamos de clase obrera como la de los trabajadores manuales habría muchas categorías, si escogemos a los trabajadores fabriles como símbolo y nos informamos sin mitos ni leyendas o, mejor aún, nos sumergimos aunque sea muy brevemente en un empleo similar o cercano al fabril-una Nave, por ejemplo en mi caso personal-, observamos, sentimos, la esclavitud llevada al extremo.

Las órdenes continuas, la vigilancia constante, la violencia verbal, los malos tratos, el tener que pedir permiso para ir al baño, como un niño. Eso es el trabajo fabril. ¿Puede nacer de ahí una sociedad autogobernada en hombres y mujeres sometidos al desprecio, a un trato infrahumano?.

Lo normal, salvo un esfuerzo enorme de voluntad personal, es acabar mimetizado como una máquina más, perder todo anhelo de voluntad de ser libre, o a lo sumo ser presa de un sentimiento de odio, un deseo  como el que reconozco llegue a sentir de que al levantarme al día siguiente escuchara en las noticias que un incendio había devorado hasta los cimientos tal antro de horror-sin víctimas humanas, no piensen mal, ni siquiera esa odiada jefa cuyo nombre no recuerdo-.

¿Puede un padre, o una madre, soñar con que alguno de sus hijos siga siendo obrero, o mejor dicho obrero fabril?. No, imposible, querrá que su hijo no sufra tal día a día de tortura y deshumanización total, querrá que su hijo tenga un trabajo de oficina, de técnico, a lo sumo de obrero especializado, de obrero con una condición más libre, más autónomo, porque sentirá que aún siendo un explotado, lo será en menor grado. 

Esto que estoy expresando sé que suena contradictorio en un crítico de las clases medias, y que los obreristas de libro, y yo fui uno de ellos durante años, pueden disgustarse si alguno, que no creo, lee estas líneas.

Pero hay que buscar la verdad siempre, nos guste o no, y la verdad, para mí, por desagradable que suene, es la que estoy expresando.

Todo esto no quita que me haya vuelto un enemigo de los obreros, de que apoye esa mentalidad conformista o de aceptación de lo existente de la clase media-en realidad esa aceptación también se da en los proletarios-.

Sigo creyendo que el ideal de sociedad es aquel que une y respeta por igual el trabajo manual e intelectual, pero un trabajo manual que favorezca la libertad, la autonomía, la cooperación, y ciertamente ese no está en las fábricas o naves de hoy día. Se requeriría toda una ciencia de las máquinas que lograra que éstas fueran otra cosa, algo comprensible y manejable de otra manera que no triturara al trabajador, y, a ser posible, que no requiriera o lo hiciera mínimamente de "capataces".

Y sigo creyendo que el oprimido, o mejor dicho el consciente de la opresión que sufre, hoy por hoy muy escasos por desgracia, debe buscar una identidad que vaya más allá de la nacional.

No niego, dicho esto, lo bello de las lenguas, su diversidad, la historia, los antepasados,las raíces,  las tradiciones, o, mejor dicho, algunas de ellas.

Creo que la identidad del dominado, del explotado, debe basarse en la unión de lo positivo de su tradiciones, es decir de aquellos fragmentos de su comunidad pasada que favorecían esa mezcla de solidaridad y autonomía individual, que, como algunas veces he escrito, tiene en el concejo abierto, la ciudad libre medieval, las guildas, las tierras comunales conviviendo con las individuales o familiares, con una nueva, una que perfiló el movimiento obrero clásico y perdió muy pronto, con algunas excepciones, la del Autoaprendizaje, o el Auotoconocimiento.

Autoaprendizaje o Autoconocimiento con dos caras. Primero la individual o espiritual, el conócete a ti mismo sumado al  mejórate a ti mismo, elévate como persona , y el colectivo. Autoaprendizaje Colectivo basado en el estudio holístico de todo tipo de materias, de la historia a la filosofía, pasando por las ciencias puras, con el objetivo de buscar la verdad, hacer ver que la historia no es sólo la historia de Reyes o Presidentes de la República, que también los de abajo tuvieron su protagonismo, sus éxitos y sus fracasos, silenciados en los libros de texto escritos al dictado de los poderosos y lograr, como hemos dicho más arriba, la creación de una o unas ciencias asequibles al entendimiento general, no sólo a unos cerebros privilegiados.

Condición indispensable esta del Autoaprendizaje para acercarse a ese sueño de una sociedad sin Amos. 

Esa es la identidad de los oprimidos y empobrecidos que yo creo, humildemente, que debemos buscar, agarrándonos a una lucidez desesperada pero fructífera y creativa, aunque también pueda ser derrotada, y alejándonos de esos nacionalismos y patriotismos englobados en la forma de Estado Nación, esa llamada por algunos ingenuamente Madre Patria que no es más , en la práctica, que una Asesina que espera su momento.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Otra modernidad es posible. El pensamiento de Ivan Illich

Últimamente se han publicado varios libros de Ivan Illich, uno de los poquísimos pensadores del siglo XX que podría definirse como radicalmente antisistema, entendiendo el sistema como el progreso tecnoburocrático, mercantilista, productivista,  e impulsor de monopolios radicales considerados incontestables, de instituciones pensadas sagradas, como la educativa y la médica.

Uno de ellos es Otra modernidad es posible. El pensamiento de Ivan Illich, de Humberto Beck. En esta obra se analizan los elementos claves del pensamiento de Illich; por ejemplo la crítica de las herramientas fuera de control, es decir cuando las herramientas se convierten de medios a fin, destruyendo la autonomía de la persona, de los individuos. 

Hay que destacar que para Illich la herramienta no es sólo un objeto físico, al estilo de una máquina, si no cualquier dispositivo diseñado para lograr un propósito, por tanto herramienta serían también  instituciones como hospitales, escuelas o universidades. Por ejemplo el uso masivo del automóvil, acaba anulando el andar, actividad más autónoma. O la transformación del aprendizaje en educación, encerrando a niños y jóvenes en escuelas y universidades acaba destruyendo el amor al conocimiento, la creatividad, convierte el conocimiento en mercancía y contribuye a dividir y a discriminar a las personas  según el nivel de estudios de cada cual. Incluso la exigencia de titulación para profesiones, contribuye a la desigualdad, al eliminar muchas opciones de trabajo, sólo asequibles a los que han pagado ese título, esa mercancía.



Illich define este fenómeno como contraproductividad: pasado ciertos límites la herramienta aleja a mucha gente del propósito por el que fue creada, y favorece no la autonomía, si no la heteronomía , evitando, por ejemplo, con el sistema sanitario moderno, que la gente sepa cómo curar enfermedades.

Así Ivan Illich defiende el control por la comunidad de la tecnología, decidiendo cuál potenciar y cuál no, favoreciendo, recuperando la reconstrucción convivencial de la sociedad, volviendo a reintroducir la economía en las relaciones sociales frente a su separación actual, con la tremenda expansión del dominio económico y el nacimiento del homo economicus, supuesto ser racional que convierte todo, incluyendo sus relaciones personales, en un cálculo económico, en mercancía.

En una palabra apoya una democracia deliberativa, una política realmente radical. La deliberación como instrumento fundamental de una comunidad-la sociedad convivencial- que decide sobre su destino, rechazando los dogmas actuales sobre las bondades del crecimiento económico y tecnológico hasta el finito, dogmas que construyen un mundo, unas sociedades, unos individuos, convertidos en servidores de sus instrumentos-en el fondo yo diría que en los creadores y distribuidores de esos productos o instrumentos-, incluso si se quiere, hablando claramente, en productos para usar y tirar.



Ni más ni menos que enarbola la bandera de una sociedad autónoma, rompiendo todo monopolio radical. Su postura, como muestra el libro, supondría recrear otro tipo de modernidad, una modernidad que uniera los aspectos positivos del pasado que se vinculaban a esa vida autónoma, con los aspectos positivos del presenten que favorezcan esa misma autonomía.

Una síntesis, ni tradicionalista, ni modernista, que pueda ayudar a crear un mundo de límites, el único mundo realmente humano y vivible, frente al mito de la transgresión continua, de la ausencia de contornos y límites, presentado como lo rebelde , lo avanzado, cuando sólo contribuye a esclavizarnos a esas mismas herramientas citadas al comienzo.

Un autor, Ivan Illich, que con su pensamiento heterodoxo, en los márgenes y la marginalidad, hace pensar profundamente y replantearse si algunas de las cosas consideradas como avances positivos, - la escolarización obligatoria, por ejemplo- como algo incontestable, no están contribuyendo a destruirnos y convertir nuestras breves existencias en un infierno.



domingo, 3 de septiembre de 2017

En la Ley

En la Sala Cuarta Pared se está representando una obra muy interesante, En la ley, que nos sumerge en un mundo apocalíptico, devastado por las guerras y los cataclismo geológicos, un mundo que, por desgracia, si no lo remediamos, de alguna manera podría hacerse real en gran medida, aunque a la gran mayoría le suene a distopía, a ciencia ficción obscura.

La humanidad se ha hundido en la barbarie, las violaciones, los saqueos, las destrucciones e incluso los actos de canibalismo. Se reinstaura la esclavitud, y la tierra se vuelva cada vez más yerma, más baldía.

En estas circunstancias se desarrollan unas Comunidades, dispersas, de base agraria, organizadas de manera asamblearia, con una especie de Constitución, que ellos llaman la Ley, un conjunto de normas muy estrictas que regulan la vida en todos sus aspectos.

La llegada de un desconocido provoca una alteración, un seísmo, en el pequeño grupo de supervivientes, haciéndoles replantearse muchas cosas.



El ambiente de asfixia, pobreza y terror continuo al afuera están magníficamente representados, así como las luchas internas y sobre todo en el interior de los individuos, afectados por el abismo existente entre las ideas de amor, solidaridad y unión que intentan aplicar, con la realidad, llena de grietas.

Crítica tanto de las utopías igualitarias como del mundo presente, En la Ley es una obra que destaca por su originalidad de guión y presentación, y si hay que ponerle un pero lo haría en relación a la para mí excesivamente desagradable e innecesaria escena-otros dirán que encaja bien en el contexto- de sexo morboso-una de las dos, no digo más-.

Pero quitando eso, recomiendo que si pueden, se acerquen a verla.